sábado, 23 de enero de 2016

El mismo cielo



Se recomienda oír mientras lee.

Se sentó en su sillita de mimbre junto a la  ventana, tomó un sorbo de mate, tejió un punto de una larga bufanda color marrón, y de pronto se cuestionó que había hecho con su vida; por qué no se había atrevido a cambiar lo que no le gustaba de sí.
La pesada voz que responde siempre a todas sus preguntas en su cabeza le rebeló - porque dar un giro en tu actitud sería extraño y hasta enfermizo. La pequeña anciana se sonrió, pero al mismo tiempo se le humedecieron los ojos. Volvió a sorbetear el amargo mate, que hoy le parecía más amargo que otras veces.
-Más enfermizo fue quedarme como estaba-le respondió resentida, casi como culpando a aquella voz de los malos ratos que le había traído a ella misma su forma de ser, su actitud ante la vida y los demás.
- ¿Te creería tu madre que deseabas ser una buena hija  y complacerla en todo, después de lo mal que respondías y la tratabas? Siendo que ella siempre te trato con  cariño y dedicación cuando la necesitabas, tu no eras capaz de intercambiar palabras con ellas sin gritarle y ser una mal humorada.
Tejió unos cuantos puntos, tomó un respiro y le dijo
-No, problablemente pensaría que lo hacía para pedirle algún favor, no porque quisiera cambiar mi fatal personalidad.
- ¿Te creería tu padre que no sentías rencor hacia él por cambiarles por una botella de whisky y  un par de cigarrillos? Si ni siquiera le saludas cuando llega del trabajo, ¿podría creer tus abrazos y un te quiero?-cuestionó nuevamente la vocesita.
-¡Está bien, entendí!-refunfoñó molesta- mis padres no lo harían, pero ¿y el amor de mi vida? 
-¿Cuál, te refieres al que huyó de ti después de que le abandonaste por tus temores sin fundamento?- Mientras aquella voz la cuestionaba, su cuerpo se iba encorvando cada vez más, sus músculos parecían secarse y sus huesos cedían sin soportar su cuerpo, solo la sillita de mimbre afirmaba su desanimado existencia.
-¿Qué he hecho con mi vida? ¡Qué he hecho con mi vida, pensé tanto y cuestioné tanto que hacer con ella, que la muerte viene por mí aún cuando no decido que quería de ella! 
La sangre se estancaba en las profundas cavidades de su corazón, acumulando en él la poca vida que le restaba. Mira al cielo por la ventana, y se da cuenta que para aprender lo fundamental de su vida, le tomó perderla. No es el quien quiero ser, no era el cambiar, era la imposibilidad a aceptar la mejor parte de sí por miedo a ser daño o no ser recompensado de manera justa,  negándose a su corazón, deseante de amar y ser amado, deseante de las aventuras de la vida. Sin vivir, con 21 años la habían condenado a una seca vejez, a la muerte de su vitalidad y deseo de ser auténtica.
Pero conociendo esta verdad, cerró sus ojos dio un último respiro y los volvió a abrir, era el mismo cielo azul que miraba desde la ventana de mimbre, pero ahora solo escuchaba una melodía en su corazón, que era entonada en su alma  en celebración de la nueva vida que le esperaba.