domingo, 11 de diciembre de 2016

El Arbol de Navidad



-Es el gran día- me despierta con un beso en la mejilla. Hago caso omiso y hundo la cabeza en la almohada para que no siga insistiendo, pero no parecía mostrar intenciones de rendirse. Me acaricia un hombro y me susurra cosas al oído que no podría reproducir, porque no comprendí una sola palabra de lo que me dijo. Siempre en estas situaciones comienza a hablarme y tratarme como si fuera su bebita. Finalmente, solo logró sacarme de la cama con las cosquillas que su barba me provocaba en la piel. Cuando me incorporé en la cama doy algunos bostezos e intento estirarme entre los besos que me regala.
-Tengo todo listo, levántate- ordena ahora ya un poco cansado de mi resistencia.
A penas desaparece del dormitorio, se me escapa una sonrisa, me gusta verlo así, feliz. A mí en cambio la fecha no me anima en ningún sentido. El gozo que inunda a quienes conocen el verdadero significado de la festividad tampoco me contagia, pero en esta ocasión todo es distinto.
El frío Londres no nos ha dado tregua, por lo que me resigno a quedarme con mi pijama, calzarme mis pantuflas y arroparme con el chalequito que mi abuela Olimpia tejió años atrás para mí. Ese chaleco es muy especial, su calor no está en la lana, su calor está en como recuerdo el amor que ella me entregaba.
El desayuno consistió en un suculento plato de avena con leche tibia y algunos frutos secos que acá los ingleses llaman “Porridge”, mientras que Joaquín me miraba con ternura mientras mordisqueaba sus tostadas con su adorada palta con queso.
-Cómete todo, lo preparé con mucho amor para los dos- me señaló dándome un beso en la frente, mientras levantaba sus cosas de la mesa.
En el aire flotaba una dulzura delicada y refrescante. En general los sábados eran aburridos, llenos de trabajo y un poco agonizante para ambos, ya que era el día que le dedicábamos mayor tiempo a nuestra casa. Sin embargo esa mañana era distinta, no era tiempo para preocuparnos nada más que de ambos.
Al dejar la cocina, y llegar al living, me encontré con el famoso árbol de navidad que Joaquín había encargado por internet. Nunca había visto uno tan lindo, casi pasaría por un pino auténtico.
-¿Qué tal?- me pregunta entusiasmado y con un brillo en los ojos, como de niño con juguete nuevo.
-Debo reconocer que no era lo que esperaba. Me gusta más delo que piensas- Y esa era la verdad. Aunque no se asimilaba en nada a los pinos de navidad chinos, que había en la casa de nuestras familias Chilenas, me embargó la tristeza de recordar a mis padres y pensar de que posiblemente se encontrarían armando solos el pequeño árbol de casa, o que tal vez faltos de ánimo no lo armarían, de alguna forma ya no había niños en casa, ni regalos que hacer.
De pronto se me llenaron los ojos de lágrimas
-¡Ay no! – Joaquín se acerca a mí y me abraza contra su pecho-No llores, por favor. Si el problema es el árbol, si está muy feo lo puedo cambiar, pero no llores.
Lo que señala me causa un poco de gracia, pues insiste en consentirme como niña.
-No, el árbol está bien – le digo contradictoriamente riendo pero a la vez llorando – Extraño Chile, eso es todo.
-Sí, yo también- responde en un suspiro,  apretándome más fuerte contra su pecho mientras acaricia mi espalda – Pero tengo al mejor pedacito de Chile conmigo aquí.
Después de eso, nos dedicamos a adornar el árbol con algunos objetos 
y, también, las clásicas lucecitas musicales chinas, que Joaquín adquirió en una tienda cercana.  
Tomábamos once con todas las luces del apartamento apagadas excepto la del árbol de navidad, lo contemplábamos en silencio y a ratos coreábamos las pegadizas y agudas cancioncitas .
Nos sentamos en el living tapados por una frazada contemplando aún el árbol. Apoyo mi cabeza en el pecho de Joaquín. Él me acaricia el cabello, los párpados mientras le beso sus manos.
- ¿Crees que le gustará su primera navidad con nosotros?
En tono cómico le respondo – Sí la musiquita de las luces le obsesiona tanto como a nosotros creo que vamos por buen camino. 

viernes, 3 de junio de 2016

Restart

Hay momentos en la vida, en que Dios se distancia de nosotros para observar como actuamos, pero jamás para dejarnos solos. Lo lamentable de todo, es que no lo pude entender hasta hoy. 
Mi corazón se ha endurecido con los años, tal cual sucedió con el Faraón en Egipto. Mi orgullo, mi ego, mi puro narcisismo, no me han dejado mirar que lo que necesito es dejar de esconderme en las mentiras que he inventado de mi misma y comenzar a ser lo que Dios quiere de mí. 

No creo ser la primera, ni la última cristiana que ha caído y ha pecado en distintos aspectos de su vida, por eso no temo escribir estas cosas porque sé que en algún lugar del mundo a alguna persona que esté pasando lo mismo que he pasado yo por años le va a servir.

Creo que es tiempo de empezar a reconocer mis errores. 

1.- Dejar de ser sincera con Dios, conmigo misma y los demás.

Hoy puedo entender por qué Dios me trajo hasta aquí. Para entender que la batalla y la obra es de él y no mía.
Desde el momento que acepté a Cristo dentro de mi corazón sentí la necesidad de ordenar mi vida, y al hacerlo tuve éxito. Dentro de mí ardía una necesidad de complacer a Dios en todos los aspectos de mi vida, y por otro lado, también, me sentía forzada a hacerlo, a causa de algunas predicaciones que manifestaban abiertamente que "Si no hay cambio en la vida del hombre, entonces no ha habido salvación". 

Mi pregunta hoy es ¿Mi cambio fue realmente un cambio hecho por Dios o mi fuerza de voluntad en complacer a Dios en aquella época fue inquebrantable hasta el momento en que mi fe fue puesta a prueba? 

Al momento de examinar mi vida espiritual actual, solo puedo pensar en que lo que viví no fue obra de Dios, sino un cambio cosmético que yo sostuve por un tiempo para, como en muchos otros aspectos de mi vida, sentirme aceptada y suficientemente buena para Dios.  
La mayor muestra para mi, de que no dejé a Dios actuar en mi vida, sino que fue obra simplemente mía, era el hecho de que un Salvado se comportará como salvado tenga compañía o esté solo. No importaba quien fuera, mientras alguien me tuviera en la mira, tenía que guardar la compostura (o la mas pura apariencia) por bien del evangelio y del nombre de Cristo, ¡Claro! tenía que demostrar que Cristo me había cambiado, pero no me daba cuenta que a quien tenía que quedarle demostrado era a mi misma y eso nunca pasó. Nunca experimenté ese cambio genuino dentro de mi misma, seguía siendo esa niña llena de dudas, de vicios, de malas intenciones, y siempre, siempre, siempre intentando aparentar algo totalmentedistinto a lo que era, y lo continué haciendo Lo único novedoso en mí era la fe, la fe en que Cristo había muerto y resucitado por mí, había y hay una creencia hacia el mensaje del evangelio, pero en mi no había obra.
En el colegio era una Cristiana, en el preu era una cristiana, en la iglesia era una cristiana, en mi barrio era una cristiana, con mis padres era una cristiana, pero en mi mente seguía siendo yo, no cristo en mí, yo.  Apenas tenía espacio para estar sola, me escabullía en mis antiguos placeres, en mis antiguas drogas, pero en las malas, en las más dañinas, oscuras, algunas de las cuales solo Dios conoce. Me embriagaba ahora no solo de mis drogas, sino de lo que ahora estaba prohibido, de lo oculto y, lo que es más penoso, de quien realmente soy. Ese lado que jamás se expone, que pocos llegan a descubrir y del cual generalmente me posiciono desde la victimización y pasividad, y no desde la aceptación de que esos aspectos también son parte de lo que son. ¿Qué soy? Muchas cosas que no han sido confesadas a los hombres, pero si a Dios. Aunque a veces, creo que lo que me haría libre, sería reconocer ante los demás quien soy y que la mentira que aparento ser cayera. 
No fue hasta el momento en que me enfermé y que mi fe es puesta a prueba, que ese lado oscuro comenzó a quedar cada vez más expuesto a los demás, el rechazo fue inminente y tuve que ingeniarlmelas para seguir aparentando algo que no era. ¿Qué fue lo que hice? Enojarme con Dios, luego conmigo misma, por no poder ser lo que Dios exigía de mí, de no poder mantener mis farsas por mucho tiempo, ni aún  comprometiéndome conmigo misma a cambiar mi forma de ser. Dios abrió mi caja de Pandora y lentamente fui perdiendo el control, fui perdiendo mi credibilidad para los demás, mi dignidad, mi reputación e incluso cosas de mi misma que yo negaba, pero Dios me dejó equivocarme para decir: mira, esto eres tú. Vuelvo a preguntar ¿Qué hice yo? Me di vueltas en mi misma, pensando que para mi ya no había solución, llegué a pensar que había perdido mi salvación, que ya no todo lo que había hecho en estos últimos cuatro años, me demostraban que Dios no me amaba,  y que me había demostrado que era una buena para nada, y que para mi ya no había vuelta. Pero el problema nunca fue Dios, él solo hizo caer mis engaños, mis engaños incluso conmigo misma, el solo dejó en descubierto la maldad de mi corazón y cuanto le necesito, pero no lo pude ver así. 
¿Cómo solucionar esto? Ser más autentica con Dios, conmigo misma y con los demás. Aunque sea todo un reto para mí, poder reconocer mis errores. Estoy aterrada,  aterrada al rechazo, aterrada a la vergüenza, aterrada de que la gente que me ama ya no lo haga más.

sábado, 23 de enero de 2016

El mismo cielo



Se recomienda oír mientras lee.

Se sentó en su sillita de mimbre junto a la  ventana, tomó un sorbo de mate, tejió un punto de una larga bufanda color marrón, y de pronto se cuestionó que había hecho con su vida; por qué no se había atrevido a cambiar lo que no le gustaba de sí.
La pesada voz que responde siempre a todas sus preguntas en su cabeza le rebeló - porque dar un giro en tu actitud sería extraño y hasta enfermizo. La pequeña anciana se sonrió, pero al mismo tiempo se le humedecieron los ojos. Volvió a sorbetear el amargo mate, que hoy le parecía más amargo que otras veces.
-Más enfermizo fue quedarme como estaba-le respondió resentida, casi como culpando a aquella voz de los malos ratos que le había traído a ella misma su forma de ser, su actitud ante la vida y los demás.
- ¿Te creería tu madre que deseabas ser una buena hija  y complacerla en todo, después de lo mal que respondías y la tratabas? Siendo que ella siempre te trato con  cariño y dedicación cuando la necesitabas, tu no eras capaz de intercambiar palabras con ellas sin gritarle y ser una mal humorada.
Tejió unos cuantos puntos, tomó un respiro y le dijo
-No, problablemente pensaría que lo hacía para pedirle algún favor, no porque quisiera cambiar mi fatal personalidad.
- ¿Te creería tu padre que no sentías rencor hacia él por cambiarles por una botella de whisky y  un par de cigarrillos? Si ni siquiera le saludas cuando llega del trabajo, ¿podría creer tus abrazos y un te quiero?-cuestionó nuevamente la vocesita.
-¡Está bien, entendí!-refunfoñó molesta- mis padres no lo harían, pero ¿y el amor de mi vida? 
-¿Cuál, te refieres al que huyó de ti después de que le abandonaste por tus temores sin fundamento?- Mientras aquella voz la cuestionaba, su cuerpo se iba encorvando cada vez más, sus músculos parecían secarse y sus huesos cedían sin soportar su cuerpo, solo la sillita de mimbre afirmaba su desanimado existencia.
-¿Qué he hecho con mi vida? ¡Qué he hecho con mi vida, pensé tanto y cuestioné tanto que hacer con ella, que la muerte viene por mí aún cuando no decido que quería de ella! 
La sangre se estancaba en las profundas cavidades de su corazón, acumulando en él la poca vida que le restaba. Mira al cielo por la ventana, y se da cuenta que para aprender lo fundamental de su vida, le tomó perderla. No es el quien quiero ser, no era el cambiar, era la imposibilidad a aceptar la mejor parte de sí por miedo a ser daño o no ser recompensado de manera justa,  negándose a su corazón, deseante de amar y ser amado, deseante de las aventuras de la vida. Sin vivir, con 21 años la habían condenado a una seca vejez, a la muerte de su vitalidad y deseo de ser auténtica.
Pero conociendo esta verdad, cerró sus ojos dio un último respiro y los volvió a abrir, era el mismo cielo azul que miraba desde la ventana de mimbre, pero ahora solo escuchaba una melodía en su corazón, que era entonada en su alma  en celebración de la nueva vida que le esperaba.