sábado, 25 de julio de 2015

Como cada sábado en la mañana.

Pequeños cascabeles de cristal resonaban en mi cabeza de forma rítimica. De pronto ahí está ella, con sus ojos como dos brillantes perlitas esperando, a la respuesta, mi voz.  Mueve uno de sus pequeños deditos, y lo pone sobre mi nariz y empieza a emitir su discurso mientras no quita la vista de mis ojos.
-Sí, Cielo. Yo te quiero mucho.
Da una pequeña sonrisa disimulada. Eleva sus piecesitos al aire y mece sus piernecitas de un lado a otro. El pijama rosa que le regaló su abuela está comenzando a quedarle pequeño.  Me desespera pensar en lo rápido que ha crecido, pero  me consuela lo sana y fuerte que se le ve.
Con su voz de angelito, se voltea hacia mí y me toma las mejillas con sus manos, como intentando que le de atención, le abrazo hacia mí pecho mientras que al mismo tiempo me volteo para quedar boca arriba.
Todo lo que Dios hace es bueno-pensé. Mientras mi corazón se conjugaba con el ritmo del corazón de Cielo, todo con ella era música que nos había iluminado el alma.
Su respiración, aroma tierno a cereales que trae la leche que hace un rato su padre somnoliento le preparó a duras penas, arrastrando los pies sobre sus pantuflas por toda la casa, como todos los sábados. Tomó a su sonrisa de la cuna y, rendido ante el cansancio de siete caóticos días, se recostó con ella en la cama acurrucada sobre uno de sus brazos, la alimentó hasta que los ojos le aguantaron.
La pequeña cielo ha cerrado sus ojos, ya está en el paraíso soñando. Doy una mirada a mi compañero, unas ojeras prominentes en sus ojos, bigote y el cabello revuelto era lo que más resaltaba a la vista, para luego mirar la mamadera que aún sostenía en la mano. Cielo abre sus ojos de golpe, y al verme se calma y sonríe. Es una chica risueña, parece que lo estamos haciendo bien, la hacemos feliz.
Rueda de sobre mi pecho y vuelve a quedar en medio de  nosotros. Ahora, gateando por sobre la cama se acerca a su adormilado padre. Como siempre, va a tirarle el bigote, pero lo duda. Busca en mí, con su expresión maliciosa pero segura, señales que le confirmen nuestra complicidad. Le sonrío y tira el bigote de su padre con fuerza. Ella se ríe con tal gana que deja caer su cabecita sobre el pecho de papá. Él se queja, se estira un poco sin abrir los ojos, y cuando lo hace su sonrisa le mira expectante esperando una respuesta.
Me levanto de la cama en busca de mi cámara para capturar el momento. Mientras estoy enfocando, sonrío y no dejo de sonreír, porque aunque aún no tengo el placer de conocerlos, ya los amo con el corazón a ambos, y siento gratitud de la felicidad que nos espera.

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